Festival de Gijón (VI): Convergencias

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Uno de los platos fuertes de la última edición del Festival de Gijón era la inauguración de la sección Convergencias, coordinada por Martín Cuesta y Víctor Paz, que reunía cinco obras seleccionadas personalmente por críticos nacionales y cuyo estreno nacional tuvo lugar en el marco del certamen. Un punto de encuentro entre público y crítica que se ha saldado con llenos y aplausos en varios pases y con el descubrimiento por nuestra parte de cinco obras sin duda merecedoras del espacio que les ha sido concedido; cada una de las cuales, además, incide sobre un aspecto del cine mundial casi complementario con la visión del resto. Podemos concluir que el acierto ha sido mayúsculo y cabe esperar que tenga continuación en posteriores festivales, más cuando se trata de una novedosa propuesta surgida en un ámbito que tiene una perentoria necesidad de desarrollarlas.

La selección no pudo empezar mejor con Respire, una obra cuya madurez sorprende teniendo en cuenta lo que se puede esperar de una estrella con escasa experiencia en la dirección como Mélanie Laurent. Bajo la apariencia del clásico relato de iniciación adolescente subyace una tensión destilada gota a gota hasta alcanzar un clímax desolador, en el que se juega de manera admirable con el sonido para deformar la esencia de un vínculo entre las protagonistas que comienza rutinario y acaba instalado en lo sórdido. Tres secuencias realmente brillantes y dos actrices magnéticas la sitúan entre las propuestas más merecidamente aplaudidas de la semana. Quizá quepa reprochar que durante algún tramo se regodee en la obviedad, pero son detalles que no estropean el alcance de un trabajo adulto y con encomiables destellos de la autora.

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Tampoco defraudó Appropriate Behavior, cuya directora y protagonista absoluta Desirée Akhavan decide apoyarse en su indudable carisma para salir triunfadora. Se agradece que en la enésima reformulación de la comedia urbana neoyorquina no se aprecie una gota de pose, que los sentimientos se muestren tan auténticos y que los ingeniosos diálogos suenen de verdad frescos, como si los numerosos y dispares referentes que pueden venir a la cabeza durante su visionado nunca hubieran existido. Un acierto que logra ir más allá de la condición social de su protagonista –una bisexual de familia persa– para apuntar con chispa y dinamismo hacia el carácter autodeterminista de la misma.

No puede percibirse más distinto el escenario en el que se desarrolla Atlántida, que habla de identidad y descubrimiento desde una perspectiva rotundamente opuesta. La desértica Argentina rural sirve de marco para que dos hermanas desenvuelvan esa maraña de sensaciones encontradas que supone la adolescencia, en una obra a la que se puede aproximar como un imán el apelativo de “delicada” así como otros muchos menos benevolentes. Y es que se acaba echando en falta un trasfondo con más matices tras el naturalismo que se desprende de su luminosa construcción visual.

Precisamente la riqueza del contexto es una de las principales bazas de Concrete Clouds, que logra irradiar el misterio que hemos echado de menos en tantísimas obras unívocas a lo largo del festival. La mixtura de formatos visuales sirve al debutante tailandés Lee Chatametikool para edificar con extraña sensibilidad el relato de un mundo conectado y a la par fundido por una crisis económica que aniquila vidas, inhibe sentimientos y alimenta fantasmas. Estéticamente potente y poseedora de recursos narrativos curiosos en forma de videoclip noventero para plasmar la pulsión de una época perdida, no necesita ser más redonda que sugerente para que sus virtudes destaquen sobremanera en el conjunto.

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Para cerrar el quinteto de películas se programó la iraní Manuscripts Don’t Burn, única obra de un cineasta ya consagrado dentro de la sección. Y la experta mano de Mohammed Rasoulof (La isla de hierro) se nota: el relato de una sociedad que educa juntos a censores y censurados se cuece a fuego lento, creando con paso férreo la atmósfera que envuelve un microcosmos viciado en el que únicamente aparecen hombres de mediana edad. A los jóvenes, se asegura, no les interesa trabajar en la política, pero menos aún comprometer su vida por defender unos ideales desde la siempre supuesta alteza intelectual y moral del escritor. La consecuente potencia de los créditos finales en negro golpea y culmina con intensidad el tour de force psicológico.

Sergio de Benito

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