CRÍTICA: Mil veces buenas noches (2013)

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3 estrellas y media

Título original: ‘A thousand times good night’. Año: 2013. Duración: 117 min. País: Noruega. Director: Erik Poppe. Guión: Erik Poppe, Harald Rosenlow-Eeg. Fotografía: John Christian Rosenlund. Música: Armand Amar. Reparto: Juliette Binoche, Nikolaj Coster-Waldau, Maria Doyle Kennedy, Larry Mullen Jr., Mireille Darc, Lauryn Canny, Adrianna Cramer Curtis. Productora: Zentropa International Sweden. Género: Drama. Estreno (Noruega): 18/10/2013. Estreno (España): 08/08/2014.

El fotoperiodismo es un oficio tan arriesgado como necesario. Los fotógrafos capturan imágenes que muestran la realidad y la cara más cruda del mundo en el que vivimos donde los ataques terroristas y los conflictos bélicos están de dolorosa actualidad pese a que algunos de ellos no tengan tanta atención internacional. Introducirse en ese mundo en el que se codea con la muerte conlleva un gran peligro para el corresponsal y requiere unas grandes dosis de pasión, valentía e intuición en su trabajo. Tras dirigir la trilogía que conformaban ‘Schpaaa’, ‘Hawaii, Oslo’ y ‘Aguas turbulentas’ y darse a conocer en festivales como Montreal y Rotterdam, el director noruego Erik Poppe se centra en la figura de una fotoperiodista en ‘Mil veces buenas noches’. El filme narra la historia de Rebecca, una reconocida fotógrafa de guerra que tras quedar herida en un atentado suicida de una joven a la que hacía un reportaje, tendrá que decidir entre su familia o su trabajo.

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Películas como ‘Los gritos del silencio’ de Roland Joffé y ‘Bajo el fuego’ de Roger Spottiswoode ya trataron con anterioridad con protagonistas que ejercen el fotoperiodismo, ambos filmes se centran principalmente en el conflicto que se trata (Camboya y revolución sandinista respectivamente). ‘Mil veces buenas noches’, sin embargo, decide, pese a comenzar el filme con la protagonista fotografiando una joven terrorista en Kabul, dejar los conflictos que fotografía en un segundo plano sin estar la mayor parte de la película in situ, para centrarse en la perspectiva familiar en la que el marido y las hijas de Rebecca son importantes para el desarrollo de la acción. El ultimátum que le da su marido Marcus entre decidir entre ellos y su familia supone para ella una reflexión y un dilema: ¿Debe seguir viajando y alejarse de sus seres queridos para mostrar a través de sus imágenes una realidad que necesita ser mostrada y vivir en constante peligro de muerte o bien dejarlo y quedarse con su familia a la que apenas ve? Una decisión no tan sencilla como aparenta.

El director Erik Poppe utiliza su experiencia como fotoperiodista durante varios años para contar una historia autobiográfica cambiando el género del personaje por el de una mujer. Al conocer a la perfección ese mundo, Poppe se desenvuelve con eficacia en los diferentes terrenos que examina el filme: tanto en las escenas en las que se adentra en las zonas conflictivas, cargadas de tensión como la que abre el filme y las que trata de manera intimista y emotiva la complicada relación de Rebecca con su marido y sus dos hijas, que sufren cada vez que ha de cubrir un reportaje con el miedo de que llegue un día en el que no vuelva a casa. El debate en que se ve envuelto el personaje de Rebecca también implica al espectador, que empatizará con los diferentes personajes y con las decisiones que va tomando la protagonista a lo largo del filme.

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Las más que correcta dirección de Poppe, con una puesta en escena muy trabajada y unas excelentes localizaciones, se ve consolidada con escenas oníricas y metafóricas que ostentan una gran carga poética (incluyendo el propio título de la película) sobre la soledad con el mar como protagonista, donde las olas evocan la propia vida de Rebecca, un ir y venir constante a caballo entre su trabajo y su familia. Al buen trabajo tras la cámara y a un buen guión, pese a que la trama familiar sea irrelevante en algunos momentos concretos, se le une una excelente Juliette Binoche que plasma perfectamente el papel de Rebecca y le da al personaje la valentía, la temeridad y la pasión a su ‘yo’ fotógrafa, mientras que cuando está con sus hijas y su marido no se muestra tan plena. Si bien Nikolaj Coster-Waldau cumple con el papel del sufridor marido de la protagonista, es Lauryn Canny como su hija Steph, un personaje que va cobrando importancia a medida que avanza el filme hasta llegar a ser el motivo por el que su madre vuelva a coger la cámara e irse de viaje las dos juntas a un campo de refugiados Kenia para un reportaje fotográfico de un trabajo del instituto en el que, tras ser sorprendidas por un grupo de rebeldes armados en el campamento, ve como su madre sufre de una ‘fotodependencia’ a la que es incapaz de evitar, ambas además protagonizan una de las escenas más potentes en el tramo final.

El poder que puede tener una imagen es indiscutible, con la capacidad de mostrar multitud de sentimientos y poder conocer el mundo en el que vivimos, un lugar desigual que carece de valores éticos. ‘Mil veces buenas noches’ se encarga a través de su protagonista de explicar a modo de una ligera crítica social esa realidad incómoda que pertenece oculta y que una fotografía es capaz de sacar a la luz. Una película dura y emotiva que muestra de manera cercana la importante figura del fotoperiodista y la compleja compaginación entre la pasión del trabajo y estar junto con la familia.

Sergio Montesinos

 

 

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