CRÍTICA: El sueño de Ellis (2013)

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3 estrellas

Título original: ‘The Immigrant’. Año: 2013. Duración: 117 min.País: Estados Unidos. Director: James Gray. Guión: James Gray, Ric Menello.Fotografía: Darius Khondji. Música: Chris Spelman. Reparto: Marion Cotillard, Joaquin Phoenix, Jeremy Renner, Angela Sarafyan, Antoni Corone,Dylan Hartigan, Dagmara Dominczyk. Productora: Kingsgate Films / Worldview Entertainment / Keep Your Head Productions. Género: Drama. Estreno (Estados Unidos): 16/05/2014. Estreno (España): 27/06/2014 [FICHA EXTERNA]

Nueva York, agridulce y consumida tierra de oportunidades. Punto de partida de muchos, hogar de nadie, nos acoge tras la niebla y su perenne humedad como si tras la pantalla fuéramos unos inmigrantes más, esperando en la fila de llegadas de Ellis Island, siempre bajo la mirada de la vigilante Estatua de la Libertad. Como si fuéramos habitantes de esa lúgubre década de los años 20. Como si James Gray nos otorgara un papel en este, su reinicio personal y sueño de la vida y, en el mayor y más fotografiado escenario del mundo, nos diera la opción de volver a empezar. Como si todos y cada uno de nosotros fuéramos Ewa.

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Ella, protagonista por naturaleza y por derecho, es la que huye de un pasado arrasado por la guerra junto a su hermana, en busca de un futuro tan brillante como las luces de su ansiado Manhattan. Ella, ansiosa y esperanzada, es la que vislumbra la cruda realidad neoyorquina cuando su hermana, enferma de tuberculosis, es detectada y puesta en cuarentena. Y es ella, ahora sola y desesperada, la que eludiendo su deportación cae en manos de Bruno (Joaquin Phoenix), el elegante hombre de negocios que tras su traje esconde a un rufián sin escrúpulos. En una lucha moral con el fin de salvar a su hermana, Ewa está dispuesta a aceptar todos los sacrificios, aunque ello conlleve su entrada en el mundo de la prostitución. Será la llegada de Orlando (Jeremy Renner), ilusionista y primo de Bruno, la que le devuelva la confianza y la esperanza de un futuro mejor y más brillante. Será la llegada de Orlando, ilusión y esperanza de Ewa, la que despierte en Bruno los celos de un hombre que ve peligrar aquello que más anhela.

Como si del mesías de las lágrimas se tratara, Gray fuerza las emociones en la exploración de un nuevo género en su carrera, y en el predominio de una trama lúgubre, desencantada y poco plausible. Historia de principios más que de personajes, lo milimétrico y misterioso de su secuencia inicial deja entrever cómo será el transcurso de una historia tan simple como sobrecargada en trama y duración, bajo el amparo de una sola lección: las fortuitas casualidades de la vida de una forma u otra nos terminan conduciendo al mismo punto donde todo empezó.

Y esto es aplicable incluso a su propio director. El cambio de temporalidad y registro no supone el cambio en tramas. Gray traslada sus puntos de referencia como la familia o el clasicismo formal de una manera cruda y pesimista, en la que ya es su obra más seria, madura y compleja. La influencia de creadores como Coppola, Kazan y su ‘América, América’ o el ‘Érase una vez en América’ de Leone evitan su caída en tópicos, a la vez que arrastran a este sueño, a ‘El sueño de Ellis’, en una corriente de impersonalidad. El marcado academicismo de la cinta, no criticable pero si evidente, impide de alguna manera que la habitual pasión e impulso del cineasta desborden fotograma a fotograma, en un ejercicio de control excesivo y ritmo moderado. ¿Qué es del Gray capaz de crear desamparo, desolación, clímax? ¿Dónde está la atmósfera de angustiosa brutalidad tan necesaria y ausente en esta película, y que tanto le caracteriza? ¿Dónde quedan la sobriedad, la intensidad narrativa (e interpretativa), la angustia y la constante tensión?

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Reapareciendo tras las sombras en la última media hora el Gray que conocemos, el que nos gusta, el que transforma un guión excesivamente melodramático en el retrato ya no inerte de una tragedia pura, lo técnico de la obra comienza a alinearse con lo exquisito de lo artístico. La cima estética es indiscutible. Soberbia lección la de la dirección artística de una producción que nos traslada al más decadente Lower East Side, luces y sombras de una sociedad que no vive, sino sobrevive. Vestuario, caracterización, música, iluminación y, ante y sobre todo, fotografía, elevan el visionado de la obra en una experiencia placentera, donde cada uno de los planos es tratado al más mínimo detalle, cada uno de los personajes tratado con el más cuidado de la memoria histórica.

Pureza de sentimiento, es Cotillard, en su primer papel protagonista en una producción de habla inglesa, la que en un recuerdo al cine mudo, refleja con su rostro, en escasos momentos, la dureza agridulce de ‘El sueño de Ellis’. Es ella la que, frente al sueño americano, personal y profesionalmente, se encuentra desubicada, correcta y alejada de algunas de sus más soberbias interpretaciones. Problema de guión más que de calidad interpretativa, Ewa nos identifica, nos implica en la historia, pero su pasividad y frialdad irritan y terminan distanciándote de ella. ¿Por qué el personaje más angustioso deja paso a un halo de indiferencia por el espectador? ¿Por qué el lado moral y bueno de la historia termina siendo el menos humano?

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Revelación y destacable interpretación la de Renner como Orlando, dota de ilusión no sólo a Ewa sino al espectador, vislumbrando en él una puerta al optimismo y a la notable mejora de la producción. Enfrentado a Phoenix, son sus escenas y conflictos los que atrapan como tela de araña a todo aquel que se deje hechizar por estos dos talentos interpretativos y una química dual innegable. Tan innegable como el estatus de Phoenix como uno de los mejores actores actuales, volviendo tras su retiro en 2008 con tres producciones (‘The Master’, ‘Her’ y ‘The Immigrant’) que demuestran su versatilidad y capacidad para resolver y solventar una producción por sí solo de manera satisfactoria.

El enfoque comercial llena la pantalla y nuestra nostalgia por el antiguo Gray llena nuestro corazón filmográfico. La producción es exquisita, el sueño ambicioso, pero su forma, su tratamiento, ahogan la película y el talento puro del cineasta. El peso que carga consigo la retiene durante la mayor parte del metraje, sin poder ser liberada de su cautiverio siquiera por unos personajes interesantes en su versatilidad y contrariedad. Amor, libertinaje y religión. Cotillard, Phoenix y Renner. El santo grial temático e interpretativo se aúna para desarrollar un relato de esperanza y desesperación, reflejo de las más bajas esferas y peores horas de la llamada ciudad de la libertad. Esto es Estados Unidos, y aquí se viene a vender. ¿Es pecado querer sobrevivir? ¿Es pecado caer en lo melodramático y solventar una película por ello?

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