CRÍTICA: Stray Dogs (2013)

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Título original: ‘Jiao you’. Año: 2013. Duración: 138 min. País: Taiwán. Director: Tsai Ming-liang. Guión: Tsai Ming-liang. Reparto: Lee Kang-sheng, Lu Yi-ching, Lee Yi-cheng, Lee Yi-chieh, Chen Shiang-chyi. Productora: Homegreen Films / JBA. Género: Drama.

Pese a que se trata de una película de ficción, ‘Stray Dogs’ podría encajar perfectamente en la modalidad observacional que Bill Nichols afirmó en su libro ‘Representing Reality: Issues and Concepts in Documentary’ sobre los diferentes modos de representación de los documentales. En el modo observacional el discurso recae básicamente en la imagen y el sonido, la cámara se hace invisible para poder observar de una manera espontánea y basándose en la realidad de lo que está filmando donde cada plano debe hablar por sí mismo. El último trabajo del malasio Tsai Ming-liang tiene en común varias de las características de este modo documental y ha creado una película donde la observación es un elemento primordial.

‘Stray Dogs’ es una película que requiere la paciencia del espectador. No es un filme sencillo, no porque la historia que se cuenta sea muy complicada de entender, sino por la manera en como está dirigido. Es una película con un ritmo muy pausado, que aunque suele ser típico en el cine oriental, aquí está tratado de una manera muy concreta. Muchas veces se identifica la falta de ritmo de una película como una cosa negativa, en el caso de ‘Stray Dogs’, su ritmo lento viene dado por la duración de unos planos secuencia muy largos, que como si se trataran de cuadros, invitan a que el espectador observe y mire de una manera detallada y minuciosa lo que ocurre en el encuadre y las acciones que suceden en él, por lo que el ritmo sirve para contextualizar la película.

El director se toma su tiempo para presentar a los protagonistas de la historia, un padre de familia que se dedica a sujetar carteles publicitarios de apartamentos en medio del tráfico de la ciudad de Taipei y sus dos hijos, que vagabundean por diferentes lugares y que tienen en un supermercado un lugar donde poder alimentarse, cogiendo las muestras gratuitas de comida que van encontrando. Lo que gana el padre no les permite tener una casa y alejarlos de la miseria más absoluta, por lo que tienen que dormir en un pequeño espacio acomodado y asearse en baños públicos, todo ello grabado de una manera muy íntima y que es expuesta de una manera cruda.

Los extensos planos secuencia (la mayoría de ellos fijos o con leves movimientos de cámara) permiten parar el tiempo, las escenas se eternizan, como el dolor y la pena de estos personajes. Un buen ejemplo de esta atemporalidad se encuentra en las escenas en las que el padre se encuentra aguantando su cartel publicitario, sufriendo unas condiciones meteorológicas deplorables, inmóvil en contraposición de la velocidad de los automóviles que pasan a su lado, en un plano general verdaderamente simbólico. La figura del hombre anuncio y que esos carteles sean sobre apartamentos de lujo, como se ve durante la película, pueden considerarse como una dura crítica del poder del capitalismo sobre la sociedad.

La duración de los planos no únicamente para la noción del tiempo, sino que también consiguen darle a la película un realismo desolador y que logran despertar muchas emociones en el espectador únicamente a través de la mirada y la observación. Dentro de cada encuadre hay escondidos grandes cantidades de belleza y lirismo, donde la ausencia de diálogos, la inexistente música extradiegética y el protagonismo absoluto del sonido ambiente y el silencio son parte esencial de la narración. Los diferentes planos acaban convergiendo a la hora de mostrar el pesar y la fantástica fotografía tanto de exteriores como de interiores (las escenas dentro de la casa agrietada y fantasmagórica son una completa maravilla a nivel técnico y visual), junto con el gran uso de la profundad de campo y el espacio hacen que la sensación de tristeza sea aún más considerable.

Si hay un personaje que representa por si solo la desolación y el dolor, ese es el padre de esa familia que interpreta de una manera muy creíble Lee Kang-sheng, actor habitual de gran parte de la filmografía del director. Trabajando para conseguir un sueldo que es insuficiente para él y sus hijos, no es capaz de soportar la situación. Él protagoniza varios momentos realmente emotivos como el primer plano cantando entre lágrimas mientras sujeta el cartel publicitario o la escena en que coge la cabeza de una col que sus hijos han caracterizado como una mujer intentándola ahogar y tratándola como se tratase de su mujer que parece haberlos abandonado, una mujer que en la película parece estar interpretada por tres actrices distintas.

La historia no sigue un orden cronológico y contiene elipsis de tiempo, por lo que resulta bastante complejo averiguar cuál será el futuro de estos ‘perros callejeros’, en una película que seguramente no gustará a los que no estén acostumbrados a las películas con un ritmo pausado y menos aún con planos secuencia de 20 minutos como el que cierra el filme. Una propuesta que se aleja del cine convencional y que confirman a Tsai Ming-liang como un director único.

Sergio Montesinos (@Sergiomc90)

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