CRÍTICA: Cisne Negro (2010)

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5 estrellas

Título original: ‘Black Swan’. Año: 2010. Duración: 109 min. País: EE..UU. Director: Darren Aronofsky. Guión: John McLaughlin, Mark Heyman, Andres Heinz. Fotografía: Matthew Libatique. Música: Clint Mansell.Reparto: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Winona Ryder, Barbara Hershey, Christopher Gartin, Sebastian Stan, Benjamin Millepied, Ksenia Solo, Janet Montgomery, Kristina Anapau, Mark Margolis, Tina Sloan, Marcia Jean Kurtz. Productora: Fox Searchlight Pictures. Género: Drama / Thriller. Fecha de estreno (EE.UU): 17/12/2010. Fecha de estreno (España): 18/02/2011.

Darren Aronofsky era, ya en 2011, un director consagrado. ‘Pi, fe en el caos’ y ‘Réquiem por un sueño’ le habían servido para conquistar a un público que veía en él una nueva forma de hacer cine, una nueva mirada a la realidad desde un punto de vista repleto de personalidad y contrastes. Incluso su polémica ‘La fuente de la vida’ le sirvió para marcar ese punto de inflexión que todo buen director debe tener, ese en el que comienzan a distinguirse partidarios y fanáticos completos de una manera de hacer cine, frente a los detractores que inevitablemente esto suscita. Y sin embargo, no conseguía realizar el siguiente movimiento en esa partida de ajedrez que supone el juego de Hollywood. Ovaciones y críticas de medios especializados y sectores del público no se traducían en un reconocimiento por parte de los académicos a su trabajo, que sólo podía ser posible mediante la creación de una obra maestra como es ‘Cisne Negro’.

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Confusa. Salvaje. ‘Cisne Negro’ es una locura frenética que embruja y hace imposible eso de apartar los ojos de la pantalla. Un asfixiante viaje mental que invita al espectador a bailar en una deslumbrante danza de la que no quiere escapar. Y no debe hacerlo. Apoteosis de cine puro en el clímax de la carrera de Aronofsky, donde la poesía resulta ser narrativa, y la realidad se confunde con la ficción. Puro juego de sensaciones, puro juego con el espectador. El desafío a los límites psicológicos del individuo en una propia producción que no se pone límites. La representación de una obra de arte dentro de otra obra que resulta serlo. Una experiencia única, intensa, paranoica, seductora y encantadora, que festeja el cine, y lo hace en su expresión más libre y demente.

Y cuánta demencia y libertad refleja una brillante Natalie Portman. Sensualidad y confusión se aúnan en su galardonada Nina, una excelente bailarina que forma parte de la compañía de ballet de Nueva York, y que baila más que vive, completamente absorbida por este arte. La presión de su controladora madre (Barbara Hershey), la obsesión por dar lo mejor de sí misma como primera bailarina de la compañía, la rivalidad con su compañera (Mila Kunis) y las exigencias de su controvertido director (Vincent Cassel) van in crescendo como la propia obra, a medida que se acerca el día del estreno. Una tensión y atmosfera agobiante que va a un más continuo, sin bajar de ritmo, y que llevará a Nina a un estado de confusión mental, incapaz ya para distinguir entre ficción y realidad.

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¿Quién es Portman? ¿Quién es Nina? La simbiosis y búsqueda de la excelencia es tan pura, que resulta ridículo tratar de distinguir entre actriz y personaje, como si cada una de ellas fueran cisne blanco y cisne negro. ¿Y para qué elegir? La pureza, la belleza y la perfección aunadas con la lujuria, la compulsión y la autodestrucción en dos caras de una misma moneda que da una lección de interpretación magistral desde el minuto 1 de metraje. Un nivel que absorbe y arrastra a secundarios como Hershey, Cassel o Kunis a dar lo mejor de sí mismos, a no ser eclipsados por el torbellino de vida que supone Portman, aún siendo conscientes de que ella (y sólo ella) puede destacar en esta producción.

Aronofsky suma. Vuelve a sumar. Y sigue añadiendo elementos opuestos a lo largo de la producción de manera continuada, consiguiendo algo tan completamente nuevo como familiar. Dice Cassel en la obra que “la perfección no es control, es perderlo”, y vaya si Aronofsky lo hace. Cuánta belleza, qué magnífico descontrol. El incontrolable delirio de ‘Cisne Negro’ y su absoluta falta de miedo al fracaso la convierten en una producción al filo de lo maravilloso, con una avasalladora capacidad para retener al espectador ante la pantalla, y aún más para desear este que no se acabe nunca, aún a riesgo de que el cerebro sufra un cortocircuito ante tanta locura de clímax.

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¿Realmente me encanta? ¿Me horroriza? ¿Ambas cosas? Qué importa. ‘Cisne Negro’ no es una película, mucho menos clasificable. Es una vorágine infravalorada, un huracán en el que dejarse arrastrar no es una elección, sino un imperativo, un sinsentido que de alguna forma nos encaja y al que no queremos resistirnos. ‘Cisne Negro’ es droga fuerte, magia. Aronofsky, nuestro camello y prestidigitador.

Lydia Martínez (@whataboutlydia)

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