XI Muestra SyFy de Cine Fantástico: Día 4

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Todos tenemos deudas. A riesgo de entrar en temas escabrosos y sumergirme en un discurso político, aclararé que todos tenemos deudas (cinematográficas). Y es que en el fondo poco importa nuestro grado de pasión por el cine, seamos jovenes, seamos no tan jóvenes, seamos gente con unas preferencias u otras, cuando el ajetreo de la cosmopolita vida y el escaso tiempo libre se presenta ante nosotros. Sin tiempo para perder el tiempo, pero sí para esperar muchas colas, me sumergía entre estos pensamientos y entre el gentío que abandonaba los cines Callao aún inmersos en el disfrute del especial de ‘Doctor Who’ (hablando de deudas, ¡aquí tienen una!). Sería apropiado eso de acercarme a la taquilla y decir “disculpen, vengo a saldar dos deudas, por favor y gracias”, pero aún más agradecer al Phenomena Experience por dar la oportunidad a los nostálgicos, y a los que aún no hemos tenido tiempo para sentirnos así, de disfrutar de dos grandes clásicos contemporáneos en la gran pantalla.

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Y es que hablo de ‘La Mosca’ y ‘Depredador’, pero bien podría hablar de ‘referentes de la ciencia-ficción, para bien o para mal’. Entro en el incómodo terreno de qué decir de una producción de la que se ha dicho todo, y ante todo cómo criticarla y sobrevivir al intento. Kafka estaría satisfecho al ver la metamorfosis de Cronenberg en ‘La Mosca’, de lo mejor de su filmografía hasta la fecha. Un sueño minimalista y sencillo del que egoistamente no nos queremos despertar, la fuerza opresiva de una historia de amor, terror y gore que da esperanzas a eso de ‘cuando hacer remakes merece la pena’. Un científico, un complejo experimento de teletransportación, una mosca y un error. Dolorosamente incómoda, y a la vez tremendamente disfrutable, con una imagen que se eleva por encima de los diálogos, un reparto tan fantástico como el género de la cinta y un maquillaje que bien vale la estatuilla del Oscar de la que ostenta. Yo aún sigo planteándome si se trataba de una mosca humanizada o de un hombre mosqueado.

Ay, los ochenta. Aquellos (maravillosos) años donde Arnold Schwarzeneger no sabía qué era eso de la política y de hacer películas malas. Donde el naranja sólo servía para describir su ropa y no su tono de piel. Y sí, donde los alienígenas llevaban rastas y alardeaban de modernismo (a ver si nos vamos a creer que ahora hemos inventado el hipsterismo). No voy a decir que no fue eso lo que primero me llamo la atención, pero sí que hay películas por las que parece que no pasa el tiempo, ni el número de adeptos. Y es que ‘Depredador’ es una película que quieres u odias. Y no hay término medio, porque si no llega Arnold (o Arnie, o como quieran llamarle) con su ametralladora, y pone orden en ese jaleo en el que se convierte en ocasiones esta producción. Véanla con el estómago asentado y la comida bien digerida, porque ante ustedes se presenta un atracón de acción y efectos especiales, un buen chute de cine de culto y de pasión por el género. Qué soso se queda eso de rescatar a un par de políticos en la selva si no lo acompañamos de un cazador alienígena sediento de sangre, ¿verdad? ¿Verdad? Si es que Arnold es el único que me entiende (por preocupante que suene).

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Me despido del Gobernator y de las nauseas después de cuatro horas de puro vértigo, y me preparo para lo que queda, mientras mi cerebro da más vueltas que un niño ilusionado en una noria. Llega la clásica apuesta del cine español en la Muestra, y con ella ‘Faraday’, de Norberto Ramos del Val. ¿Que de qué va? Pues de moderneo y gafapastismo. Vale, sé que toda la Muestra ha ido de eso, pero esta vez se trata del tema dentro de la pantalla, de la actualidad, de la ironía de la vida, de una comedia paranormal, fresca e irrisoria, donde un telépata frustrado y una novia adicta al mundo internauta acaban en un piso encantado. De cómo con poco se puede hacer mucho, y en general bueno. No busquen risas, ya tienen a ‘Faraday’. Adiós al cine de gran presupuesto, hola al cine de grandes ideas.

El post-moderneo nos abandona para dar paso a una Leticia Dolera, cada vez más en su salsa (sí, aún), y un Eduardo Noriega, que viene a presentar la última proyección de la Muestra, ‘La Bella y La Bestia’. No, del maravilloso clásico ya mencioné bastante ayer. Hablo de una nueva adaptación de la historia a cargo del cine francés, y sobre todo, de un anuncio espectacular de fotografía y escenografía impecable, más que de una producción propiamente dicha. Alguien se olvide de decirle a Christophe Gans que estaba dirigiendo una película y pensó que le habían encargado la nueva campaña del perfume de la temporada, porque sólo así explico lo que ha terminado haciendo con esa gran historia. Perfección visual bajo una historia de amor sin amor. Empalagos y lujos que tratan de ocultar las carencias y el sinsentido en ocasiones del guión, la falta de sensibilidad y emotividad, y la inexistente química entre su pareja protagonista o de repertorio musical (que quieras que no, eso ayuda). Bienvenidos a un nuevo ejemplo de “quiero y no puedo”, o “¿por qué voy a hacer algo cuando ya hay otra versión mucho mejor?”.

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Me despido silenciosamente de los sillones que durante tanto tiempo me han acogido, y reservo el ruido para las despedidas con los compañeros con los que he vivido esta nueva experiencia. Salgo a la calle y me doy cuenta de que es tarde, pero no lo suficiente como para dejar de alabar la iniciativa y la organización de un festival que ya se ha convertido en cita importante en la capital y en la agenda cinematográfica. No sé si ha sido la experiencia cual montaña rusa, que encadena películas brillantes con cierto sentido de la pérdida del tiempo, o si ha ayudado el ambiente de un público que se convierte en algo más que simples espectadores durante todo el proceso, pero sé que a mi la Muestra SyFy en general me ha ganado. Para una 12º edición. O 13º. O todas las que se precien, que no parecerán ser suficientes.

Lydia Martínez (@whataboutlydia)

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