RETROSPECTIVA: ‘El bueno, el feo y el malo’ (1966)

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Título original: Il buono, il brutto, il cattivo. País: Italia / España / Alemania del Oeste. Año: 1966. Duración: 161 min. Dirección: Sergio Leone. Guión: Agenore Incrocci, Furio Scarpelli, Luciano Vincenzoni, Sergio Leone (Historia: Luciano Vincenzoni y Sergio Leone). Música: Ennio Morricone. Fotografía: Tonino Delli Colli. Reparto: Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Eli Wallach, Aldo Giuffré, Mario Brega, Rada Rassimov, Luigi Pistilli, Aldo Sambrell, Enzo Petito, Claudio Scarchilli, Al Mulock. Productora: MGM release / Produzioni Europee Associati (PEA) / Arturo González Producciones Cinematográficas, S.A / Constantin Film Produktion. Productor: Alberto Grimaldi. Género: Western/ Spaghetti Western. Fecha de estreno (Italia): 15/12/1966.

El bueno. El feo. El malo. Esto es algo casi sagrado, palabras mayores. Uno de los cúlmenes del género cinematográfico por excelencia, el western. Un género muy americano que, curiosamente, tiene en esta coproducción hispano-italiano-alemana uno de los clásicos imprescindibles del cine. Y es que a partir de los años sesenta se comenzó a cultivar ese célebre subgénero de western europeo o spaghetti-western que traía una nueva mirada del oeste americano. Una visión más sucia, violenta y, en ocasiones, amoral. ‘El bueno, el feo y el malo’ es todo eso y mucho más, una película que ya traspasó las fronteras propias del celuloide para convertirse en algo más, en un mito. Ese Clint Eastwood con cara de palo, medio cigarro en la boca y poncho verde es una figura icónica. Ese Lee Van Cleef comiendo alubias como si con él no fuera nada. Y ese Eli Wallach colgado y gritando aquello de “¡hijo de mil padres!“.

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‘El bueno, el feo y malo’ es la última y mejor película de la célebre ‘Trilogía del dólar’ del maestro Sergio Leone, una trilogía en cuanto a temática, que no argumental. La cinta, rodada entre Almería y Burgos, nos traslada al lejano oeste americano, zona fronteriza de eterno conflicto en la que el progreso se ve mermado por la delincuencia y la guerra. En estas nos encontramos con tres variopintos personajes que persiguen un objetivo común: una caja con 200.000 dólares que pertenecían al ejército confederado. Clint Eastwood, el bueno, es el Rubio, un tipo frío e ingenioso cuyo revólver es el más rápido que los tiempos han conocido. Eli Wallach da vida a Tuco, el feo, un granuja con cierto don para meterse en problemas que resulta ser más de lo que aparenta. Y Lee Van Cleef es Sentencia, el malo malísimo, un tipo sin escrúpulos cuya primera escena ya deja a las claras que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para llenar sus bolsillos de dólares. Comienza así una auténtica competición, con la guerra de secesión estadounidense de fondo, por ver quién consigue llegarse el botín a casa. La interacción, el juego de alianzas y traiciones que llevan estos tres durante toda la película es tan inteligente como divertido. Y su clímax, ese duelo a tres bandas final, es una de las cosas más grandes que le ha pasado a la historia del cine.

La dirección de Sergio Leone es un espectáculo, el dominio del tempo, sus planos cortos, sus zooms, esos encuadres pictóricos, constituyen toda una clase magistral de la que bebieron y beben (por ejemplo, Tarantino) muchos cineastas posteriores. ‘El bueno, el feo y el malo’ es una película intensa y muy entretenida en la que conviven momentos de gran dramatismo con otros bastante cómicos. A pesar de contener grandes dosis de violencia y personajes canallescos, la cinta de Leone no carece en absoluto de profundidad, mostrándonos los horrores de la guerra y criticando la estupidez que lleva al ser humano a ella.

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Otro elemento a destacar que otorga al film una gran fuerza y trascendencia es su maravillosa banda sonora obra de Ennio Morricone. ¿Quién no recuerda esos silbidos y esas trompetas que, de forma automática, nos transportan a un desértico poblado lleno de polvo e indeseables? Épica y atmósfera que no podían faltar en una producción de este calibre.

Las miradas se cruzan, las manos se acercan lenta pero inexorablemente a la pistolera. El sol cae de pleno, el aire empuja una fina capa el polvo, el silencio es total. Un crujido, un solo parpadeo, puede significar el fin. Hay que esperar al momento más apropiado, esperar y observar, escrutar a tu adversario, no dejar de vigilarle ni por un instante, poner los cinco sentidos sobre él. Miradas tensas y revólveres a punto de desenfundar. Después, la velocidad hace el resto. Y, normalmente, el más rápido siempre suele ser Clint.

‘Cada revólver tiene su voz, y esa la conozco’. – El Rubio.

Alfonso Gutiérrez Caro (@alfonsogc82).

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