CRÍTICA: ‘Pacific Rim’ (2013)

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País: EE.UU. Año: 2013. Duración: 131 min. Director: Guillermo del Toro. Guión: Travis Beacham, Guillermo del Toro (Historia: Travis Beacham). Música: Ramin Djawadi. Fotografía: Guillermo Navarro. RepartoCharlie Hunnam, Diego Klattenhoff, Idris Elba, Rinko Kikuchi, Charlie Day, Burn Gorman, Max Martini, Robert Kazinsky, Clifton Collins Jr., Ron Perlman, Brad William Henke, Larry Joe Campbell, Mana Ashida, Santiago Segura, Joe Pingue. Productora: Warner Bros. Pictures / Legendary Pictures. Género: Acción / Ciencia-ficción. Estreno (EE.UU.): 12/07/2013. Estreno (España): 09/08/2013.

Cuando una raza de monstruos gigantescos llamados Kaiju amenaza la existencia de la raza humana, solo unos robots de igual tamaño pueden marcar la diferencia. Estas máquinas, llamadas Jaeger, necesitan ser manejadas por dos pilotos que tendrán que unir sus mentes para poder combatir con los alienígenas y salvar la Tierra.

Después de barajar una gran cantidad de proyectos durante varios años, entre ellos la nueva trilogía de ‘El Hobbit‘, Guillermo del Toro finalmente se decantó por volcarse con ‘Pacific Rim’. Un filme de titanes y apocalipsis inminente que tanto bebe de los ‘Transformers’ de Michael Bay (como si no tuviésemos suficiente con tres películas) como de los monstruos japoneses producto de la radiación. Y por qué no decirlo ya abiertamente, también del ‘Godzilla’ de Roland Emmerich que tanto avergonzó a sus hacedores y público.

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‘Pacific Rim’ entra directamente a trapo. No hay lugar para comienzos, primeros contactos ni sorpresas. Como si de una segunda parte se tratara, la película nos sitúa en una segunda fase de una guerra que ya lleva años amenazando a la humanidad. Toda una declaración de intenciones que fija su interés en la pura batalla más que en los personajes y en su supervivencia.

A veces ocurre que, contra todo pronóstico y lógica, una película con un guión aparentemente banal y una historia predecible que no es sino más de lo mismo, consigue llegar al corazón del espectador. Y es que Guillermo del Toro no es Michael Bay. El espectáculo del que es capaz el realizador mexicano nos devuelve a nuestra infancia más inocente.

Para ser claros. ‘Pacific Rim’ es como si se permitiese a un niño de seis años rodar su fantasía en pleno momento eufórico con sus muñecos y el resultado fuera igual de bueno tal y como transcurre en su imaginación. Y no es tan fácil como parece. Pero del Toro tiene el talento suficiente como trasladar a la pantalla y compartir con el espectador esa pasión que conecta directamente con nuestro niño interior.

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El guión es pura fórmula. Frases hechas, diálogos vacíos y personajes tópicos. En ese aspecto la película se salva por las múltiples escenas de humor intencionado, ya sea por las hilarantes secuencias protagonizadas por Charlie Day como por el excesivo carisma casi paródico de Idris Elba, ambos dueños indiscutibles de la película.

El resto de ‘Pacific Rim’ resulta brillante. Sus escenas de acción son de las más espectaculares que pueden recordarse en años. La película se siente enorme, gigante. Y ello se debe a unos más que acertados encuadres, una portentosa fotografía y una ralentización de la acción que permite sentir el peso y la inmensidad de sus personajes, así como seguir cada uno de sus pasos sin perderse en un precipitado montaje.

Destaca por encima de todo el brutal y extenso combate en Hong Kong. Una excelente y trepidante secuencia de acción perfectamente compensada con las dosis de humor del mencionado Day y Ron Perlman. A pesar de la saturación de efectos, del Toro consigue sorprender en estas largas escenas gracias a su gran imaginación para mantener al espectador en tensión.

Pacific-Rim-kaijuDesafortunadamente, el clímax de la película se divide en dos secuencias diferenciadas en el espacio, siendo la segunda de ellas bastante menos intensa, entre otros motivos al estar ambientada en un escenario poco aprovechable.

‘Pacific Rim’ es pura diversión, pura emoción, puro espectáculo. Es una joya para la vista llena de planos grandiosos y embellecidos por la sutil poesía visual de Guillermo del Toro. Sus más de dos horas de duración se pasan en un suspiro.

Es posible que el paso de los años no trate bien a la película dado el exceso de efectos visuales, pero a día de hoy es un filme que ha de disfrutarse en la gran pantalla. Una película muy recomendable que satisfará a quienes todavía guarden dentro al niño que en su día fueron.

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