CRÍTICA: ‘Los Miserables’ (2012)

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Jean Valjean cumple una larga condena por haber robado una hogaza de pan para dar de comer a su sobrino hambriento. El día que es puesto en libertad condicional su vida no mejora dada su condición de ex-presidiario, llegando a pasar hambre y frío. Harto de su identidad decidirá convertirse en una persona nueva y así huir de su pasado y de Javert, el policía que iniciará una persecución que durará décadas.

En estos tiempos que corren de miserias humanas, codicias en las altas esferas y decisiones a todas luces equivocadas que no hacen sino castigar a aquellos que ya sufren un empobrecimiento cada vez mayor, películas como ‘Los Miserables’ que ensalzan y mitifican el levantamiento del pueblo, el movimiento inconformista y revolucionario por la solidaridad social son, para quien escribe estas líneas, más que necesarias. Otros filmes ven esta clase de insurrecciones un movimiento peligroso que puede llevar al enaltecimiento de las figuras autoritarias, como en la reciente ‘El caballero oscuro: La leyenda renace’. Al contrario, ‘Los Miserables’ muestra de una parte el lado sufrido y redentor de quien busca la salvación por la vía de la huida y la buena acción para redimir sus errores (aunque si el delito es robar para comer el error es anterior y probablemente ajeno al supuesto delincuente). Por otra parte, la película muestra el reverso inconformista y revolucionario de quien reivindica su derecho frente al poder corrompido y opresor, como si de una figura heroica se tratara, en una lucha al son de la canción ‘Do you hear the people sing?’, todo un himno cantado a viva voz por el pueblo.

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Lecturas políticas y sociales al margen, en ‘Los Miserables’ estamos ante un filme que adapta la versión musical de la homónima novela de Victor Hugo estrenada en Paris en 1980 con música de Claude-Michel Schönberg y letra de Alain Boublil y Jean-Marc Natel y que tanto éxito cosechó en Broadway.

La película se limita a poner en imágenes de una forma casi literal el texto y las canciones del mencionado musical. Por ello su valor hay que buscarlo, más que en el texto, en su capacidad para transmitir las emociones a través del lenguaje cinematográfico, objetivo bien distinto al de un filme de otro género. Objetivo que ‘Los Miserables’ ha alcanzado con sumo éxito.

La película trasciende de la noción de musical hasta convertirse en lo que podría llamarse una “película cantada”. Apenas hay lugar para el diálogo convencional. Todo, hasta el relinchar de los caballos, forma parte de un delicioso hilo musical casi sin números musicales separados más que por los temas correspondientes a cada protagonista.

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Hay que añadir que en ‘Los Miserables’ se empleó la grabación de las voces de sus intérpretes en directo en lugar de ser grabadas posteriormente en un estudio. Una técnica por la que no se había optado hasta ahora dentro del género de los musicales. Esta interpretación “en directo” de las canciones no hace sino aumentar esa sensación de estar ante una ópera viva más que ante una grabación.

El principal problema de la película se encuentra en la obsesión casi neurótica de Tom Hooper por cerrar el plano. Claro que esto no ocurre en todas las ocasiones. La película se abre con un inmenso y apabullante plano que surge de las profundidades del mar y pasa a sobrevolar un barco remolcado con cuerdas por presos bajo la tormenta y al ritmo de ‘Look down’, digno de aplauso. Apenas se comprende por qué Hooper, ese director de encuadres raros aunque atractivos, se empeña en cerrar el plano cuando debería hacer todo lo contrario y mostrar el carísimo diseño de producción del que en contadas ocasiones se presume en la película.

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Esta decisión en la realización del filme hace que por momentos el espectador tenga que esforzarse para visualizar la historia y sus personajes, como si observara la película desde la primera fila de la sala. Es por ello por lo que ‘Los Miserables’ tiene sus mejores momentos en aquellos más íntimos, donde los primeros planos se justifican por la historia. Por otra parte, cuando Hooper decide abrir el plano, la película se muestra grandiosa.

Dicho esto, no quedan más que elogios para la película. En el aspecto técnico, ‘Los Miserables’ nos sitúa en la Francia del siglo XIX gracias a una sucia pero bellísima iluminación, un trabajado diseño de vestuario y unos impresionantes escenarios. Con un sonido impecable, el espectador se siente como si estuviera en medio de una ópera. Sensación esta que aumenta cuando suenan los apabullantes coros.

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La historia ya la conocemos sobradamente pero la partitura de Schönberg te arrastra a esa vorágine de emociones y pasiones de forma irremediable. ‘Los Miserables’ está plagada de un buen número de escenas de esas que hacen a uno que se le erice la piel.

Si la película destaca por algo en especial es por sus apasionantes y apasionadas interpretaciones. ‘Los Miserables’ posee un reparto plagado de estrellas que dan lo mejor de sí por sacar adelante tan difíciles caracterizaciones. Aunque unos más cómodos que otros, todos deslumbran en algún momento de la película.

Mención aparte se merece su protagonista, Hugh Jackman, quien realiza la que puede ser la mejor interpretación de su carrera. Encarna a Jean Valjean con una naturaleza y humanidad superior a las adaptaciones anteriores. A destacar el soliloquio confesional del prólogo, seguido por la cámara en largos planos a lo largo de la iglesia. Muy emotivo. Pero quien se lleva la actuación más destacada de la película, y posiblemente del año, es Anne Hathaway. Su desgarradora interpretación del tema ‘I dreamed a dream’ en un largo y acertadísimo primer plano bien le podría valer la estatuilla a la Mejor Actriz Secundaria. Una escena para hacerle saltar las lágrimas al espectador más incrédulo.

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En su segundo acto, la película pierde un poco de interés al dejar en un segundo plano a sus protagonistas y dotar de mayor importancia a una sosa Amanda Seyfried y a un forzado Eddie Redmayne, este último repleto de agudos imposibles. Helena Gonham Carter y Sacha Baron Cohen aportan una agradable dosis de humor y aire burtoniano a la película que tan bien le sienta.

‘Los Miserables’ apunta alto y acierta en parte. Una torpe realización de Hooper y una duración demasiado extensa para un musical le impiden llegar a ser una indiscutible obra maestra y el musical definitivo que aspiraba ser. De todas formas, uno sale del cine con ganas de aplaudir, con la sensación de haber acudido a una función exclusiva.

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