Confesiones (I)

Cuando el año pasado se habló sobre el Festival de Cannes, recuerdo sobre todo la polémica que levantó la espectacular El árbol de la vida y las declaraciones de Lars Von Trier cuando estrenó Melancolía. También la sorpresa que resultó Drive. Pero no recuerdo haber leído gran cosa sobre la película The artist y su paso por el festival.
Posteriormente tuve la oportunidad de ver The artist en Sevilla cuando el pasado mes de noviembre se organizó en la ciudad el SEFF (Seville European Film Festival). Desafortunadamente se agotaron las entradas para la película mucho antes de que el festival comenzase y no pude verla. Después llegó su estreno y su interminable recolecta de premios, alzándose finalmente con las estatuillas más importantes del año 2012.
Recientemente he podido ver la película, tranquilamente en mi casa, sin prisas y pasado el fenómeno que supuso. The artist me gustó, pero me hizo plantearme una serie de preguntas relacionadas con el efecto que produce sobre nosotros la fama y expectación que precede a las películas.
Quienes acostumbramos a informarnos sobre el mundo del cine, los próximos estrenos, opiniones, las trayectorias cinematográficas de nuestros cineastas favoritos… estamos expuestos a mucha información previa al visionado de casi cualquier película. Esto en ocasiones nos perjudica, como por ejemplo cuando las críticas son excelentes y luego la película no está a la altura de nuestras expectativas(La red social en mi caso).

También podemos vernos afectados por los comentarios previos (a veces casi unánimes) de modo que nuestra opinión se distorsione o no se atreva a salir a la luz. Hoy en día (casi) nadie puede decir que El padrino o Taxi Driver son malas películas, salvo para llamar la atención de los puristas más irritables.
Pero también actúa en sentido contrario, cuando las opiniones sobre una película son tan malas que uno, al ver la película con las expectativas tan bajas, termina disfrutándola (Immortals en mi caso).
Por lo tanto, y en aplicación del principio de incertidumbre, nunca podremos saber si un film nos hubiese gustado más o menos de haber conocido o no información previa sobre el mismo. Pero los cinéfilos somos incurables y seguimos indagando por la red en busca de todos los datos posibles, a veces dándonos de bruces con demasiados detalles del argumento (Prometheus).
No obstante, este hábito de lectura nos permite también descubrir grandes películas. Por mi parte, nunca habría visto algunas de mis películas favoritas como La habitación del hijo si no hubiese devorado como hacía antaño, las revistas de Fotogramas.

Es evidente que el cine, como arte, es subjetivo y depende en gran parte de los ojos del que mira. Depende, por tanto, muchas veces de nuestro estado anímico. Lo importante es disfrutarlo, con ideas previas o no. Sentarnos en la butaca (o en el sofá de nuestra casa), esperar a que se apaguen las luces y zambullirnos en un universo nuevo. Pues, mejor o peor película, lo único que nos ha de importar es si nos ha llegado al alma.

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